Cambiando Lugares: El Sacerdocio de Todos los Creyentes


David Hagopian


Le llegó el tiempo al traje aristocrático, el cuello de botones bajos y los mocasines. Oh no, no para este profesor. En su intento de pretender solidaridad con el hombre común ahora usa botines, llamados de manera despreciativa “longhorns” en las regiones agrícolas, y así rechaza cualquier acomodo al malvado capitalismo que en realidad podría pagarle más que al conserje que limpia sus salones por las noches. De hecho, en un artículo bien conocido, este profesor de leyes de Harvard sugirió una vez que los conserjes en la escuela de leyes deberían intercambiar lugares con los profesores. El único problema: nadie se molestó en preguntarles a los conserjes si ellos querían intercambiar lugares con los profesores.


Sin embargo, en una reciente edición del Wall Street Journal, un estudiante de leyes de Harvard hizo exactamente eso. Lo que encontró fue que los conserjes en la escuela de leyes, en general, no estaban demasiado complacidos con esta sugerencia altiva por parte de los profesores puesto que, acechando detrás de ella, estaba la noción arrogante de que ser un profesor de la Escuela de Leyes de Harvard era, en alguna medida, más deseable que ser un conserje. Así pues, mientras el buen viejo profesor puede haber tratado de salvaguardar la dignidad y la integridad del conserje como persona, hizo esto bajo el tremendo costo de denigrar la vocación del conserje. Al final, la sugerencia altiva del profesor finalizó promoviendo lo que aparentemente trataba de negar: que los profesores son mejores que los conserjes.


Por encima y en contra de tales seudo-intentos por preservar la dignidad y la integridad entre aquellos que ejercen varias vocaciones, se halla una clara verdad de la Escritura: la doctrina Reformada del sacerdocio de todos los creyentes. Esta doctrina restaura la verdadera dignidad y la verdadera integridad de todos los creyentes puesto que enseña que todos los creyentes son sacerdotes, y que como sacerdotes han de servir a Dios – no importa cuál sea la vocación legítima que ejerzan. De esta forma no hay vocación que sea más “sagrada” que cualquier otra. Debido a que Cristo es Señor sobre todas las áreas de la vida, y debido a que Su palabra se aplica a todas las áreas de la vida, en ninguna parte Su Palabra, ni siquiera remotamente, sugiere que el ministerio es “sagrado” mientras que todas las otras vocaciones son “seculares.” La Escritura no conoce de distinciones entre lo sagrado y lo secular. Toda la vida pertenece a Dios. Toda la vida es sagrada. Todos los creyentes son sacerdotes.


Nuestro Gran Sumo Sacerdote


Como sacerdotes debemos siempre recordar que nuestro sacerdocio, de principio a fin, se halla enraizado y fundamentado en nuestro Gran Sumo Sacerdote suyo sacerdocio no fue ordenado por hombre, sino que fue ordenado más bien por Dios. De hecho, Dios juró con un juramento de obligación que Cristo era, es, y será por siempre nuestro Eterno Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec (Heb. 5:6; 6:20; 7:26-27). Y como nuestro Eterno Sumo Sacerdote – como el Dios-hombre, Cristo es el único Mediador entre Dios y el hombre (I Tim. 2:5), habiéndose ofrecido a Sí mismo como nuestro sacrificio una vez por todas para que pudiera expiarnos (limpiarnos) de la culpa de nuestro pecado, propiciar (apartar) la ira de Dios, reconciliarnos con Dios y redimirnos como Su pueblo.


Pero la Escritura no nos enseña simplemente que nuestro sumo sacerdote murió a nuestro favor; también nos enseña que por causa de Su muerte hemos sido hechos sacerdotes en Él. El mismo Sacerdote “que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre,” también “nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre.” (Apoc. 1:5-6). Qué gloriosa verdad: Cristo como nuestro Sumo Sacerdote no solamente expió nuestros pecados, sino que también, como Calvino tan adecuadamente lo expresa, nos ha recibido “como su compañía” en este gran oficio sacerdotal (Institución, II. XV. 6).


Llamados como Sacerdotes


Así, sobre la base de Su obra sacerdotal a nuestro favor, Cristo nos ha concedido un sacerdocio real. Sin embargo, este sacerdocio sería sin sentido aparte del hecho de que Dios concedió ricamente Su favor sobre nosotros, nos escogió para Sí mismo, y nos llamó para ser Su pueblo y Sus sacerdotes. Dicho simplemente, no seríamos sacerdotes si no fuera por el hecho que Dios nos escogió para ser Sus sacerdotes. Esa es la razón por la cual todos los pasajes que hablan de nosotros como sacerdotes también hablan de nosotros como aquellos que han sido llamados por Dios, como el pueblo escogido de Dios.


Por ejemplo, en su primera epístola Pedro aplica los atributos del pueblo de Dios bajo el Antiguo Pacto a nosotros como creyentes y explícitamente proclama que somos el pueblo de Dios. En la Escritura aprendemos que Dios, lleno de compasión, llamó a los hijos de Israel para ser Su pueblo, y les prometió que si caminaban en obediencia a Su Pacto, ellos serían Su “propia posesión,” “un reino de sacerdotes” y una “nación santa” (Éxo. 19:5; cf. Deut. 14:2, 21). Evocando esta imagen y aplicando estos atributos a los creyentes, Pedro escribe:


Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios; en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia.


En el mismo hilo de pensamiento, las cuatro criaturas vivientes y los veinticuatro ancianos del capítulo cinto de Apocalipsis cantan que el Cordero fue inmolado y con Su sangre compró para Dios “gentes de todo linaje, lengua, pueblo y nación; nos has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apoc. 5:9-10).


Entonces, primera de Pedro 2:9-10 y Apocalipsis 5:9-10, nos enseñan acerca de la misericordia y la gracia de Dios quien nos llamó para ser Sus sacerdotes. En particular, aprendemos al menos tres verdades importantes de estos pasajes. Primero, Dios, por la sangre de Cristo, ha llamado – lleno de compasión – a personas de toda tribu, lengua y nación quienes, saliendo de la oscuridad han entrado a Su luz maravillosa. Segundo, como aquellos llamados a Su luz maravillosa, también somos llamados a ser Su pueblo escogido y sus sacerdotes reales. Tercero, debido a que somos sacerdotes reales hemos de servir diariamente a Dios proclamando sus excelencias y reinando sobre la tierra para Su gloria. Dicho simplemente, por la gracia de Dios somos sacerdotes reales y como tales hemos de servir a Dios diariamente mientras reinamos para Él.


Sacerdotes en Nuestras Vocaciones


Puesto que hemos de servir a Dios diariamente como sacerdotes, el sacerdocio de todos los creyentes no debiera ser relegado al status de un slogan teológico desgastado por el tiempo. Es una piedra angular de la teología Reformada que debiera cambiar como vivimos nuestras vidas cada día, incluyendo cómo ejercemos nuestras vocaciones diarias. Entendido adecuadamente el sacerdocio de todos los creyentes nos enseña que todos los creyentes son sacerdotes, no importa cuáles puedan ser sus vocaciones – sus llamados – en la vida. Lutero lo declara muy bien:


Un zapatero, un herrero, un granjero, cada uno tiene su ocupación y su trabajo manual; y no obstante, al mismo tiempo, todos son elegibles para actuar como sacerdotes... Cada uno de ellos en su ocupación o trabajo artesanal debiese ser útil a sus congéneres... (Woolf, Escritos de la Reforma de Martín Lutero, I.116).


Según Lutero todos los creyentes han recibido igualmente los tesoros que Dios ha otorgado, desde el zapatero hasta el granjero y el herrero. Ninguna vocación se levanta por encima del resto. Ninguna vocación es más “sagrada” que alguna otra. Ninguna vocación es mejor que otra. Dios ha llamado a todos los creyentes, sin excepción, para ser Sus sacerdotes reales – desde el estibador hasta el médico, desde el mensajero hasta el que alimenta el ganado, desde el educador hasta el ejecutivo. Ninguna vocación legítima es demasiado humilde como para ser el vehículo a través del cual Dios haga Su obra (Eastwood, El Sacerdocio de Todos los Creyentes, p. 12).


Sin embargo, el problema fundamental es que muchos creyentes fallan en entender que son sacerdotes en sus vocaciones diarias y por consiguiente, no ven que sus vocaciones son vehículos a través de las cuales Dios hará Su obra. Como sacerdotes, los creyentes son dotados con el increíble privilegio de ministrar para Dios diariamente en sus vocaciones. Pero debido a que muchos creyentes pierden de vista su llamado sacerdotal se mueven pesadamente a través de sus tareas día tras día, sin ver oportunidades valiosas de servir a Dios como sacerdotes en sus vocaciones. Aprovechemos esas oportunidades y ejerzamos nuestras vocaciones con vigor y celo, viéndolas como una oportunidad para servir a nuestro Gran Sumo Sacerdote. Reconociendo humildemente el tremendo privilegio que Dios nos ha concedido por medio de nuestro Gran Sumo Sacerdote, debiésemos ver nuestras vocaciones personales como una de muchas esferas a través de las cuales ejercemos nuestro sacerdocio.


Mientras ejercemos nuestro sacerdocio en nuestras vocaciones también debemos recordar que no hay lugar para la arrogancia entre el pueblo de Dios. Ningún creyente tiene más privilegio o status a la vista de Dios por causa de la vocación que ejerce. Desde la perspectiva de Dios, aquellos que ejercen todas las vocaciones legítimas son de igual dignidad e integridad. Como Barkley lo declaró una vez, “Todos los hombres son sacerdotes en sus vocaciones diarias. Todos son sacerdotes aunque sus responsabilidades varíen según su llamado” (Presbiterianismo, p. 18). De hecho, diferentes vocaciones pueden imponer diferentes responsabilidades sobre aquellos que las ejercen y una vocación puede incluso pagar más que otra.


Siendo Alguien


Pero, solo porque una vocación pague más que otra no significa necesariamente que la persona que recibe un pago más alto esté dotada con más dignidad o integridad que uno que recibe un pago menor. Eso no es lo que realmente cuenta. Lo que realmente cuenta, lo que en última instancia distingue a una persona de otra, lo que realmente hace que alguien sea alguien es Cristo. Así de elocuente fue Barkley cuando escribió:


El único granjero auténtico es un granjero Cristiano; el único médico auténtico es un médico Cristiano; el único hombre auténtico es un hombre Cristiano; y la única mujer auténtica es una mujer Cristiana; y es así al cubrir cada detalle y cada aspecto y posición en la vida. Aparte de Cristo no somos lo que debemos ser (Presbiterianismo, p. 18).


En realidad, separados de Cristo no somos nadie y no podemos hacer nada (Juan 15:5). Pero por Su gracia somos alguien y podemos hacerlo todo (Fil. 4:13).


Así pues, ser “todo lo que puedes ser” no ocurre en las fuerzas armadas o en cualquier otra vocación por el estilo. Ser todo lo que puedes ser viene como resultado directo de ser un Cristiano, de conocer al Gran Sumo Sacerdote, Jesucristo. Por lo tanto, el sacerdocio de todos los creyentes no debiera solamente enfocarnos internamente para servir a Dios mientras ejercemos vigorosamente nuestras respectivas vocaciones. También debiese enfocarnos hacia el exterior para presentarles a Cristo a aquellos que se hallan alrededor de nosotros, de manera que ellos también puedan realmente ser alguien.


Ser alguien – disfrutar la dignidad y la integridad verdaderas – no se produce por intercambiar lugares con otros. El ser alguien viene de conocer a nuestro Gran Sumo Sacerdote quien cambió su lugar con nosotros muriendo a nuestro favor, otorgándonos su gracia y llamándonos para ser Sus sacerdotes reales.


Y este es un mensaje que incluso nuestro viejo buen profesor en longhorns necesita escuchar.



Copyright © por Iglesia Comunidad del Pacto del Condado de Orange 1990