LAS BASES TRINITARIAS DE LA CIENCIA MODERNA  Por John King

 


La ciencia se fundamenta en una teoría Cristiana del conocimiento que brota de la actividad con propósito de parte de Dios en la creación. En última instancia la ciencia depende de las propiedades de Dios. Es precisamente Su naturaleza tal y como esta es expresada por medio de Sus propiedades, lo que hace posible su actividad intencionada. Sin embargo, puesto que las propiedades de Dios son interdependientes son mutuamente condicionantes y por lo tanto inciden como una unidad en Su actividad creadora. Consecuentemente la negación de cualquier propiedad divina necesariamente implica la negación de todas las propiedades restantes afectando con ello la posibilidad de todo el orden de la creación.

 

El Rol de las Propiedades Divinas

 

Debe notarse, primero que todo, que la actividad creativa de Dios depende de Su habilidad tanto para concebir como para afectar un diseño ordenado. Esta habilidad depende de la trascendencia de Dios, una propiedad que tiene expresión en todas sus otras propiedades. La trascendencia de Dios significa que Él es distinto de y por lo tanto exaltado por encima de Su creación. En lo particular Dios y Su creación tienen esencias que difieren. Mientras que la creación es temporal, finita, y por lo tanto externamente determinada, Dios es eterno, infinito e internamente auto-determinado. En consecuencia la trascendencia de Dios sobre su creación se refiere a Su infinito status de auto-determinado que es tanto necesario para una creación ordenada, y dependiente de su naturaleza trina. La auto-determinación de Dios o en-si-mismidad[1] forma un vínculo teológico relacionando Su naturaleza trina con Su actividad creativa. Por consiguiente las implicaciones de la auto-determinación de Dios son cruciales para valorar la importancia y sentido científico de la Trinidad.

 

Se dice que Dios es a se, un término Latino que literalmente significa “de Sí mismo”. Así, la aseidad de Dios simplemente describe al Dios auto-determinado y por lo tanto su naturaleza auto-contenida. En lo particular debido a que Dios es a se, Él es el único terreno de Su propia existencia, la única y sola fuente de Su propio conocimiento, y el único determinante de Su propia acción. En consecuencia, la aseidad de Dios implica una total ausencia de condicionamiento externo y por lo tanto una naturaleza auto-contenida.

 

Sin embargo, puesto que toda realidad finita es externamente condicionada, la aseidad de Dios implica la infinitud de Sus propiedades. Como consecuencia, con respecto al conocimiento y el poder, se dice que Dios es omnisciente (conocerlo todo) y omnipotente (todo poderoso). Debido a que las propiedades de Dios son infinitas, ellas interpenetran exhaustivamente las unas en las otras con el resultado de que son coextensivas o coterminales (literalmente teniendo las mismas fronteras). Así, como parte de Su infinitud, la aseidad de Dios implica lo que es conocido como Su simplicidad, a saber la naturaleza indivisible no compuesta de Su esencia. Entonces, dada esta simplicidad, el conocimiento y el poder de Dios son coterminales – precisamente alineados – con el ser de Dios y por ende el uno con el otro. Siendo omnisciente Dios es exhaustivamente consciente de Su ser y acciones. Siendo omnipotente Él está en control de Su ser y conocimiento. De allí que, las acciones de Dios son exhaustivamente intencionadas y con plenos propósitos – pues aún Sus propósitos en sí son exhaustivamente completos – lo que Él determina hacer, eso hace.

 

Puesto que Dios conoce y controla infaliblemente Su propio ser y acciones, y puesto que toda la realidad externa es únicamente dependiente de Él, no hay nada ya sea en el ser de Dios o acerca de Él que escape a Su conocimiento o control exhaustivos.

 

Como resultado Dios es capaz tanto de formular como de transmitir un designio[2] inteligente a Su creación, estableciendo así una base para el conocimiento humano. La ciencia es posible precisamente porque la aseidad de Dios establece tanto el número infinito y de allí la coterminidad de Sus propiedades. Por lo tanto, en la medida que una negación de la Trinidad socave la aseidad de Dios, en esa misma medida la posibilidad de una creación ordenada y de una ciencia humana caen a tierra.

 

Implicaciones Trinitarias

 

Habiendo discutido el rol de las propiedades divinas en la creación es ahora posible exponer la significación epistemológica de la Trinidad. Para este fin será usada la formulación de Van Til de la doctrina debido a lo concisa y a su tremenda profundidad de perspicacia (Van Til 2, pp. 25, 26):

 

Podemos expresar este pensamiento filosóficamente diciendo que para nosotros el uno eterno y los muchos forman una unidad completa en sí misma. Dios es personalidad absoluta y por lo tanto individualidad absoluta. Él existe necesariamente. Él no tiene un no-ser en contra de sí mismo en comparación con el cual él se defina a sí mismo; él es internamente auto-definido.

 

Usando el lenguaje de la cuestión del Uno-y-los-Muchos concluimos que en Dios el uno y los muchos son igualmente primordiales. La unidad en Dios no es más fundamental que la diversidad en Dios, y la diversidad no es más fundamental que la unidad. Las personas de la Trinidad son mutuamente exhaustivas las unas de las otras. El Hijo y el Espíritu están ontológicamente a la par con el Padre ... En el ser de Dios no hay particulares no relacionados con lo universal, y no hay nada universal que no esté plenamente expresado en los particulares.

 

A partir de esta descripción se hacen evidentes dos grandes relaciones. Primero, puesto que “lo universal está plenamente expresado en los particulares”, las propiedades trascendentes de Dios se extienden a cada Persona con el resultado de que las tres Personas son “mutuamente exhaustivas las unas de las otras” y “ontológicamente al mismo nivel”. Por otro lado, puesto que la “unidad en Dios no es más fundamental que la diversidad”, las tres Personas, aunque totalmente divinas, no obstante permanecen distintas las unas de las otras y de la Deidad como un todo. En consecuencia, debido a la pluralidad de las Personas, distintas y ontológicamente equivalentes, Dios se puede comparar y contrastar dentro de Su propio ser y es por lo tanto internamente su propio punto de referencia. Así pues, en contraste con los dioses del Gnosticismo y del Neoplatonismo quienes definen su ser (unidad espiritual) en contraste con el no-ser (pluralidad material) del universo físico, Dios “no tiene un no-ser en contra de sí mismo en comparación con el cual Él se defina a sí mismo” sino que más bien “Él es internamente auto-definido.” Por consiguiente, en el ser de Dios la pluralidad de Personas prevé a Dios de ser hecho relativo y por lo tanto reducido a través de un contraste que busque establecer una definición con la creación finita. Igual que como la unidad de Dios fue vista como salvaguardando la trascendencia de cada Persona, así la pluralidad de Dios salvaguarda la trascendencia de su Un Ser previendo una erosión que haga relativa Su infinitud. Cada una de estas relaciones será ahora considerada en términos de su efecto sobre el conocimiento humano.

 

El Rol del Universal

 

Como se mencionó antes la importancia de la universal se relaciona a la extensión de la plena divinidad de cada una de las Personas. La razón por la cual tal extensión es importante es que la Escritura presenta la participación de todas las tres Personas en la creación (Bavinck, p. 256):

 

Elohim crea mediante la Palabra y el Espíritu. La Palabra hablada por Dios no es un mero sonido sino un poder tan grande que el Universo, de este modo, es creado y sustentado; Jehová articula su voz y este Universo llega a la existencia, Gén. 1:3; Sal. 33:6,9; 147:18; 148:8; Joel 2:11. Esa Palabra, la cual es hablada por Dios, procede de Él y es por lo tanto distinta de Él, es luego personificada como la Sabiduría, Job 28:23-27; Prov. 8:22ss.; cf. Prov. 3:19; Jer. 10:12; 51:15. Desde siempre Jehová poseía, estableció y exploró esta sabiduría. Era el obrero maestro de Dios, por medio de quien creó y aún sustenta todo.

 

Pero la obra de la creación y la providencia es establecida no solamente mediante la agencia de la Palabra y la Sabiduría, sino también mediante el Espíritu de Dios, Gén 1:2; Sal. 33:6; 104:33; 139:7; Job 26:13; 27:3; 32:8; 33:4; Is. 40:7, 13; 59:19. Mientras Dios llama a todas las cosas a la existencia por medio de la Palabra como mediadora, Él es inmanente en toda la creación por medio del Espíritu, quien da vida y ornamento a todas las cosas. Por lo tanto, una causa triple del origen y preservación de todas las cosas es ya evidente en la doctrina de la creación del Antiguo Testamento. Elohim (Dios) y el cosmos (el universo) no se oponen el uno al otro de una forma dualista; sino que el mundo, creado por Dios tiene Su Palabra como su objetivo, y Su Espíritu como su principio subjetivo. Dios primero pensó el universo; por ello, este último es llamado a la existencia mediante la omnipotente Palabra de Dios; una vez realizado, no tiene una existencia separada, e.d., aparte de Dios u opuesto a Él, sino que descansa en Su Espíritu.

 

Como puede verse en la formulación de Bavinck cada una de las Personas está involucrada en la creación. Por consiguiente, la habilidad de Dios para efectuar un diseño ordenado depende de la habilidad y por lo tanto de las propiedades trascendentes de cada una de ellas. En otras palabras, dentro de la economía divina, la cadena de operaciones distintas y sincrónicas no pueden ser más fuertes que su eslabón más débil.[3] De allí que, en la medida que la divinidad de cualquier Persona sea rebajada o disminuida, Él (la Persona, N. del T.) se vuelve un socio débil en el proceso, negando las bases para un diseño ordenado. Sin embargo, debido a la naturaleza Trinitaria de Dios lo universal es “totalmente expresado en los particulares”, causando que la plenitud de la divinidad se extienda a cada Persona. En consecuencia los eslabones débiles en la economía divina son eliminados por el universal, salvaguardando así las bases para el conocimiento.

 

El Rol de los Particulares

 

No obstante, puesto que la unidad y la particularidad son igualmente últimas en Dios, los particulares también establecen el universal. La razón para este efecto, como fue declarado antes, es que la pluralidad de las Personas preserva la auto-definición interna de Dios, salvaguardando así su status infinito y auto-contenido (aseidad). Para ver el pleno significado de este punto es necesario considerar otra declaración de Van Til (Van Til 1, p. 229):

 

Algunas veces se ha aseverado que le podemos probar al hombre que no estamos aseverando nada que debiesen considerar irracional, en tanto que digamos que Dios es uno en esencia y tres en persona. Por lo tanto declaramos que no hemos aseverado la unidad y la triunidad de la misma cosa exactamente.

 

Sin embargo, esta no es toda la verdad del asunto. Aseveramos realmente que Dios, es decir, la Divinidad, es una persona. Ya hemos notado cómo cada atributo es co-extensivo con el ser de Dios. Estamos obligados a sostener esto para evitar la noción de un ser no interpretado de alguna clase. En otras palabras, estamos en la obligación de mantener la identidad de los atributos de Dios con el ser de Dios para evitar el espectro del hecho bruto. De manera similar hemos notado cómo los teólogos insisten en que cada una de las Personas de la Divinidad es co-terminal con el ser de la Divinidad. Pero todo esto no es para decir que las distinciones de los atributos de las personas sean meramente nominales. Necesitamos tanto la co-terminalidad de cada atributo y de cada persona con el ser completo de Dios, y la genuina trascendencia de las distinciones de los atributos y de las personas. “Cada persona”, dice Bavinck, “es igual a toda la esencia de Dios y co-terminal tanto con las otras personas y con todos los tres” (Vol 11, p. 311). ... En comparación con todos los otros seres, es decir, en comparación con los seres creados, debemos por lo tanto afirmar enfáticamente que el ser de Dios presenta una identidad absolutamente numérica. Y aún dentro de la Trinidad ontológica debemos mantener que Dios es numéricamente uno. Él es una persona. Cuando decimos que creemos en un Dios personal, no queremos simplemente decir que creemos en un Dios a quien se le pueda anexar el adjetivo “personalidad”. Dios no es una esencia que tenga personalidad; Él es absoluta personalidad. (énfasis añadido).

 

 El punto significativo de esta cita es que las Personas sirven para definirse no solamente las unas a las otras, sino también para definir la Divinidad como un todo, estableciendo personalidad para el universal. Por lo tanto, cuando esta declaración se combina con la cita anterior, surgen muchos puntos importantes.

 

Primero, las Personas han de ser vistas tanto como distintas y sin embargo en una paridad ontológica las unas con las otras y con la Divinidad como un todo. Dios es capaz de compararse y contrastarse con Su propio ser y es, por lo tanto, internamente auto-definido. Como resultado Dios no es definido contrastándose con una creación finita y por lo tanto no es reducido al nivel de un dios finito, dependiente de la creación. Más bien, siendo internamente auto-definido, Dios es totalmente auto-determinado y por lo tanto a se. Dios es el fundamento de Su propia existencia, la fuente de Su propio conocimiento, y el determinante de Su propia acción. Como tal, Dios es infinito en conocimiento y poder y por lo tanto capaz de concebir y transmitir un diseño inteligente. Así pues, al salvaguardar el status auto-contenido de Dios, la pluralidad de las Personas protegen la trascendencia de Dios y junto con ello la base para el conocimiento humano.

 

Segundo, puesto que el conocimiento es un concepto personal, la particularidad de Dios guarda el conocimiento humano al preservar la personalidad de Dios. Después de todo, puesto que las tres Personas son exhaustivas tanto de las unas con las otras como de la Divinidad como un todo, el ser único de Dios también debe ser personal. Con respecto a esto las formulaciones tradicionales de la doctrina Trinitaria declaran que Dios es uno en esencia y tres en persona. Sin embargo, como ha sido señalado por John Frame (North, pp. 306, 307), la formulación tradicional deja abierta la posibilidad de la tri-personalidad de Dios siendo derivada a partir de una esencia abstracta, impersonal. Sin embargo, al declarar que la Divinidad es también una persona, Van Til cierra este subterfugio al mantener la condición de última tanto para la unidad como para la particularidad. En otras palabras, de acuerdo a la formulación de Van Til, Dios no es meramente tres en persona y uno en esencia. ¡Él es tanto tres como uno en persona! Si Él no lo fuera, la personalidad de Dios se disolvería en el fundamento de una esencia impersonal con el resultado de que el conocimiento, como un concepto personal, se extinguiría.[4]

 

Finalmente, la igual condición de última tanto de la unidad como de la particularidad es en sí misma una condición necesaria para la personalidad de Dios y por lo tanto para el conocimiento humano. Después de todo, en ausencia de cualquiera de estas cualidades, el ser de Dios se reduciría al caos o a un vacío unitario, siendo ambos impersonales. Como consecuencia, la personalidad no sería lo superlativo en el universo, y el conocimiento, como concepto personal, se desvanecería. De manera que, la pluralidad de Dios, yendo más allá, salvaguarda el conocimiento humano al prevenir la reducción de Dios a una forma vacía e impersonal.

 

El Significado Científico de la Trinidad

 

Debiese verse claramente, a partir de la discusión precedente, el significado científico de la Trinidad. Por una parte, la unidad de Dios asegura la plena divinidad de cada Persona y, por lo tanto, la trascendencia necesaria para efectuar una creación ordenada. Por otra parte, la pluralidad igualmente básica de Dios asegura la aseidad, infinitud y personalidad del ser uno de Dios. Así pues, igual que como la unidad de Dios asegura la trascendencia de cada Persona, así la pluralidad de Dios asegura la personalidad trascendente de la esencia una de Dios. En otras palabras, Su unidad salvaguarda Su pluralidad trascendente, lo mismo que Su pluralidad salvaguarda Su unidad trascendente. Dado este hecho, la ciencia es posible precisamente porque Dios es trino.[5] Si Él no lo fuera no pudiese ser sostenida la trascendencia requerida para una creación ordenada.

 

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John B. King, Jr., es un escritor libre de Corvallis, Oregon. Tiene un Ph. D. en Ingeniería Mecánica y Nuclear y un Master en Divinidad del Seminario Teológico de Westminster en Escondido, California.

 

Este artículo fue tomado de la Revista Chalcedon Report, edición de Septiembre de 1999.

 

1.       Herman Bavinck, La Doctrina de Dios (Carlisle, PA, 1991).

2.       John M. Frame, “El Problema de la Paradoja Teológica”, Gary North, ed., Foundations of Christian Scholarship (Vallecito, CA, 1979).

3.       Cornelius Van Til, Una Introducción a la Teología Sistemática (Phillipsburg, NJ, 1978).

4.       Cornelius Van Til, La Defensa de la Fe (Phillipsburg, NJ, 1967).



[1] Más adelante el autor se referirá a este mismo punto usando el vocablo latino a se, de donde derivamos la forma castellana aseidad. (N. del T.)

[2] O diseño. (N. del T.)

[3] ¿Cuántos eslabones débiles se requieren en una cadena para que ésta se rompa? (N. del T.)

[4] Es más, puesto que la personalidad sería entonces una cualidad externa al ser de Dios, Dios tendría que definirse a Sí mismo en comparación con la personalidad como una cualidad externa con el resultado de que Dios perdería su auto-definición interna. En consecuencia, puesto que Dios perdería Su aseidad e infinitud, se desvanecería la trascendencia necesaria para una creación ordenada. Así, la pluralidad de Dios guarda el conocimiento humano al mantener la personalidad trascendente de Su un ser.

[5] O también triuno en lenguaje teológico. (N. del T.)