Capítulo Seis

Sumario y Aplicaciones

La Autoridad Auto-Atestigua de Dios

El material de los cinco estudios pasados puede ser arreglado en el siguiente sumario tópico:

1. Todo el conocimiento está depositado en Cristo; el conocimiento que el hombre tenga de la verdad depende del conocimiento primario que Dios posee, comienza con el temor del Señor, y requiere sumisión a la palabra de Dios.

2. La filosofía que no presuponga la palabra de Dios es un engaño vano; por medio de suprimir la verdad, someterse a las tradiciones de los hombres y razonar de acuerdo con las presuposiciones del mundo en vez de Cristo, tal pensamiento dirige a una mente entenebrecida y a conclusiones inútiles. Dios hace necia la sabiduría del mundo.

3. Esforzarse por tomar una posición neutral entre presuponer la palabra de Dios y no presuponerla es un intento inmoral de servir a dos señores.

4. El pensamiento neutralista borraría la distintividad Cristiana, nublaría la antítesis entre la perspectiva mundana y la creyente, e ignoraría el abismo existente entre el “viejo hombre” y el “nuevo hombre”. El Cristiano que busca la neutralidad, sin quererlo, apoya nociones que son hostiles a su Fe.

5. El Cristiano es un “hombre nuevo”, teniendo una mente renovada, nuevos compromisos, una nueva dirección y una nueva meta, un nuevo Señor, y por lo tanto nuevas presuposiciones en el mundo del pensamiento; el pensamiento del creyente debiese estar arraigado en Cristo (según la misma manera en la que él fue convertido): sometiéndose a Su Señorío epistémico antes que a los patrones de pensamiento de la pseudo filosofía apóstata. El Cristiano renuncia a la arrogancia de la autonomía humana y busca amar a Dios con toda su mente y razonar de tal manera que Dios reciba toda la gloria.

6. Así que las alternativas son sumamente claras: o fundamentas todo tu pensamiento en la palabra de Cristo y como consecuencia obtienes los tesoros de la sabiduría y el conocimiento, o sigues los dictados del pensamiento autónomo y ser, por lo tanto, engañado y robado de un genuino conocimiento de la verdad.

7. Por lo tanto, la palabra de Dios (en las Escrituras) tiene absoluta autoridad para nosotros y es el criterio final para la verdad.

Por el hecho de que Dios es el soberano Creador de los cielos y de la tierra, por el hecho de que el mundo y la historia son lo que son por lo que Su Plan ha decretado, por el hecho de que el hombre es una criatura hecha a la imagen de Dios, debemos concluir que todo conocimiento que el hombre posea es recibido de Dios, quien es el originador de toda verdad y la Verdad original. Nuestro conocimiento es un reflejo, una reconstrucción receptiva, del conocimiento primario. Absoluto y creativo de la mente de Dios. Debemos pensar sus pensamientos según Él – como lo declara la primera premisa. Al suprimir la verdad de Dios, entonces, el pensamiento de uno y su capacidad interpretativa necesariamente serán mal dirigidos al error y a la ridiculez (premisa 2). No puede haber un territorio medio; uno conscientemente comienza con Dios en sus pensamientos, o no lo hace (premisa 3). Los creyentes que tratan de establecer tal territorio neutral deben, entonces, o perder su p ropio terreno sólido o terminar operando bajo el fundamento del no creyente (el cual no es fundamento del todo) – como se indica en la premisa 4. La misma naturaleza de lo que es ser, volverse y vivir como un Cristiano establece suficientemente que el creyente debe presuponer la verdad de la palabra de Dios y renunciar a cualquier reclamo de autosuficiencia o de neutralidad (premisa 5).

Y así uno es confrontado con una obvia opción de vivir bajo la autoridad de Dios o no (premisa 6). El reflexionar sobre la distinción Creador/creatura (con la cual se inició el párrafo anterior) no puede fallar en dirigirnos, entonces, a la conclusión (premisa 7) de que la voz del Creador es la voz de la autoridad absoluta e incuestionable; Su palabra debe ser el estándar por el cual juzgamos todas las cosas y el punto de partida de nuestro pensamiento. Tal es la inevitable enseñanza de la Escritura (de la cual han sido derivados los puntos anteriores).

Los hombres debiesen notar que cuando Jesús enseñó, lo hizo con seguridad auto-atestiguada y no como uno cuyas opiniones tenían que ser respaldadas por la autoridad de otras consideraciones o de otras personas (Mateo 7:29). Por lo tanto, ningún hombre tiene la prerrogativa de cuestionar la palabra de Cristo. Si un hombre no recibe ni obedece las palabras de Cristo. Si un hombre no recibe ni obedece las palabras de Cristo, entonces no solamente es él un necio que construye su vida sobre arena insegura (Mateo 7:26-27), sino que él mismo será juzgado por esas mismas autoritativas palabras (Juan 12:48-50). La palabra de Dios tiene autoridad suprema. “¡Ay del que contiende con su Hacedor!” (Isaías 45:9).

El estándar por el cual juzgamos todas las enseñanzas debe ser esta palabra de autoridad venida de Dios (I Juan 4:11; Deut 13:1-4). “¡A la ley y al testimonio! Si ellos no hablan de acuerdo con esta palabra, es que no les ha amanecido” (Isaías 8:20). Si fallas en someterte presuposicionalmente a la palabra autoritaria y auto-atestiguada de Dios, entonces serás de “doble ánimo” e inconstante en todos tus caminos, llevado por los vientos y sacudidos de allá para acá (Santiago 1:5-8). En lugar de ser dirigido por el viento del Espíritu de Dios, serás llevado por cualquier viento de doctrina por medio de la astucia del pensamiento humanista y las artimañas de error (Efesios 4:13-14). Por lo tanto, debemos incondicionalmente asirnos a la confesión de nuestra esperanza Cristiana (Hebreos 10:23). Oigamos la afirmación de Dios: “Yo soy Jehová, que hablo lo qu e es justo y declaro lo que es recto”(Isaías 25:19). Su palabra, desde el mismo principio, debe ser contada por autoritativamente verdadera; uno no debe vacilar en este respecto. La veracidad de Dios es el último estándar para nuestros pensamientos: “Antes bien, sea Dios veraz, aunque todo hombre sea mentiroso” (Romanos 3:4).

La palabra del Señor es auto-atestiguada, verdadera y autoritativa. Es el criterio que debemos usar al juzgar todas las otras palabras. Por lo tanto, la palabra de Dios es incuestionable. Debe ser la roca de fundamento de nuestros pensamientos y vivir (Mateo 7:24-25). Es nuestro punto de partida presuposicional. Todo nuestro razonamiento debe estar subordinado a la palabra de Dios, pues ningún hombre está en posición de replicar en contra de ella (Romanos 9:20) y cualquiera que contienda con Dios terminará siendo retado a responder (Job 40:1-5). No deben ser las cambiantes opiniones de los hombres las que deban tener la preeminencia en nuestros pensamientos, sino la autoatestiguada, autoritaria y últimamente veraz palabra de Dios, pues “¿Truenas con una voz como la de él?” (Job 40:9).