Del Escritorio del Presidente:

Libros, el Tesoro de mi Padre


Rev. Mark R. Rushdoony

Marzo, 2002


Todos los que conocieron a R. J. Rushdoony saben que él atesoraba los libros. Comenzó su lectura voraz cuando era muy joven. Las únicas travesuras infantiles en las que tuvo que ver, y con un placer lleno de orgullo, fueron sus intentos por leer después de la hora de ir a la cama al abrir un poco la puerta de su dormitorio para dejar que un pequeño rayo de luz cayera sobre su libro. Mis hermanos y yo pronto aprendimos que rasgar o hacer garabatos en un libro, incluso nuestros propios libros infantiles, produciría una memorable llamada de atención de parte de Papá.


Mi padre comenzó a coleccionar su tesoro de libros muy temprano en la vida. Comenzó en serio durante sus días en la Universidad y en el Seminario cuando podía comprar libros usados por cinco o diez centavos. Durante esos años de Depresión y de guerra, comía tan económicamente como le fuera posible u omitía del todo algunas comidas para tener dinero para comprar libros. Pasaba horas leyendo en la biblioteca los que no podía comprar. Para el tiempo cuando se hallaba en sus cuarenta mis recuerdos tempranos eran de libros que llenaban su estudio, lo mismo que un dormitorio de reserva, la mitad del comedor y una despensa. Cuando se mudó a una casa vieja más grande, y cuando comenzó a hacer trabajo de investigación para una fundación privada, los libros comenzaron a extenderse por toda la casa y también comenzaron a llenar el garaje. Los pisos comenzaron a aflojarse por el peso. Los libros llegaban por correo diariamente y siguieron llegando así en los años siguientes. Frecuentemente regresaba a casa de las tiendas de libros usados y de las ventas de bibliotecas con cajas de libros. Cuando se mudó a Los Ángeles para comenzar Calcedonia en 1965, Papá tenía 49 años. Tuvimos que cercar un patio interno para albergar los libros. Aún así, se apropiaron de buena parte del resto de la casa y del garaje. Una casa más grande, con otro nuevo anexo en 1972, proveyó aún más espacio para los libros, aunque no suficiente, claro está. Una vez más, el garaje estaba lleno de cajas de libros. Cuando mi padre se mudó a Vallecito, California, en 1975, mandó a construir un edificio de 1300 pies cuadrados, casi una biblioteca sin ventanas. Un amigo construyó estantes a lo largo de las paredes del perímetro y los estantes de libros llenaban el resto. Por un tiempo Mamá tuvo un hogar normal. No iba a durar. Cuando la biblioteca se llenó, el exceso restante entró a la casa. Los estantes llenaban cuando espacio vacío de piso y los montones comenzaron a acumularse en la sala. Papá estaba aún acumulando libros después que su vista casi le hizo imposible el leer. Para el momento de su muerte el año pasado tenía unos 40,000 volúmenes.


La Lectura


Mi padre no simplemente coleccionaba libros; los leía. Cuando pastoreó una iglesia en la remota Reservación India de Duck Valley en Nevada, los Indios le miraban abrir un paquete en el buzón conteniendo un nuevo libro y comenzar a leerlo mientras caminaba hacia su casa, sin levantar nunca la vista. Recuerdo, siendo yo niño, su antiguo hábito, el cual continuó por muchos años, de llevar un libro con él todas las veces. Si tenía que esperar en cualquier lugar, siquiera por pocos momentos, abría el libro y continuaba su lectura donde se había detenido la última vez. Se llevaba un portafolio lleno de libros en sus viajes para impartir conferencias y regresaba a casa con muchos ya leídos y catalogados. Como mucha gente leyó muchos buenos libros. Pero parte de su extraordinario conocimiento provino de su lectura de muchos libros muy malos. Esto era una cosa asombrosa, y requería una mente perspicaz. Generalmente sabía más acerca de las ideas de otros hombres de lo que sabían sus partidarios. Mucha de su labor de escritura no hubiese sido posible sin su extenso conocimiento de una amplia variedad de individuos y temas que muchos Cristianos conservadores ni siquiera considerarían leer. Algunos libros los hojeó muy rápidamente para obtener lo esencial de sus líneas de pensamiento; algunos los leyó más cuidadosamente. De cualquier forma era un lector muy rápido. Aunque había desarrollado su propia técnica, la cual realmente no podía explicar, sería considerado, definitivamente, como un lector veloz. Frecuentemente leía un libro en un día; el leer más no le ponía a prueba.


El uso de los libros por parte de Papá cambió de alguna manera con el paso de los años. Su valor, para él, consistía en un activo para su trabajo, no representaban meramente un valor financiero. Aunque reduce el valor del libro, nunca dudó en escribir con esmero en ellos, o en marcar sus libros. Eran principalmente posesiones utilitarias, herramientas, y no posesiones financieras; además, nunca consideró vender ni siquiera uno de ellos.


Como eran activos para su trabajo, y tenía la intención de que duraran largo tiempo, prefería los de pasta dura que los de empaste flexible. Cuando se refería a libros la naturaleza barata y desechable de los libros de empaste flexible era algo que le resultada desagradable. Era difícil convencerle que nos permitiera producir los libros de Calcedonia o de la Casa de Libros Ross en ediciones de empaste flexible. Y, aunque le gustaban los de pasta dura, las sobrecubiertas para protegerlos del polvo eran para él irrelevantes. Aunque la mayor parte de la gente, en realidad, “juzga un libro por su portada,” Papá nunca lo hizo. Para él los libros eran tesoros esperando ser abiertos. Más bien abría y hojeaba un libro, o leía una porción de él para juzgar su valor.


Haciendo Índices


La mayor parte de los libros no son dignos de ser estudiados y digeridos minuciosamente. La mayoría son de valor como fuentes de información; son fuentes de referencias o de trozos de información o de algún pensamiento ocasionalmente perspicaz. Tener acceso a tal información meses o años después es algo importante. Mi padre usó diferentes métodos desde muy temprano. Acostumbraba escribir extensas notas sobre lo que leía. Para el tiempo cuando yo estaba en la Universidad en los 1970s, los marcadores de colores eran muy populares para hacer notar información importante. A mi padre nunca le gustaron; comprometían demasiado la estética de un libro. Para entonces ya había desarrollado desde hacía mucho su propio método de catalogar, en efecto, su lectura. Cuando leía un libro usaba una regla de seis pulgadas y un lápiz. Subrayaba con esmero, usando la regla (nunca a mano alzada), una importante pieza de información. Los pasajes más largos los marcaba con una línea sencilla (o doble) en el margen, paralela al borde de la página. Un signo de admiración, o una “x” en el margen denotaban un pasaje o declaración particularmente significativo. Luego escribía una referencia al pasaje marcado en la parte final del libro. Estas generalmente eran descripciones muy breves de lo que quería tener a mano para referencias futuras. Los apuntes se parecían más o menos a lo siguiente:


26ss, John Adams sobre Thomas Paine

52, Darwin y Freud

103-105, inflación como una herramienta para la revolución


Mi padre tenía una tremenda memoria. Generalmente podía encontrar el libro que necesitaba y hallar muy rápidamente la cita o referencia exacta basándose en su índice personal.


Quizás Ud. haya tenido la experiencia de subrayar un libro y haya caído en la trampa de subrayar lo que sería un sumario del contenido. Esto requeriría una gran cantidad de marcado y se asume que Ud. releerá todas las porciones subrayadas para recordar el contenido. Las anotaciones de mi padre al final del libro (que no podían ser hechas con un marcador) no tenían el propósito de resumir, sino de localizar contenido específico para futuras referencias. Para referencia generalmente anotaba la fecha (o fechas) cuando leía el libro y la ubicación geográfica.


Mi padre podía recordar libros y autores que había leído sesenta años antes. Su método de hacer índices le hacían posible encontrar fácilmente, citar, y documentar las referencias que necesitaba. Ocasionalmente nos pagaba por encontrar un libro ya que necesitaba una cita de él (“Es un libro verde como de una pulgada de ancho con letras doradas. Su título es Historia y Destino del Sacrilegio.”) Era, según recuerdo, más generoso en elogios que con el pago si teníamos éxito.


Mi padre tenía una mente tremenda y una memoria fenomenal. Pero su mente no era fotográfica. Sus libros eran una parte necesaria de su ministerio y trabajo. La adquisición de ellos y su almacenaje requerían compromisos y sacrificios financieros. También se requería de una esposa sumamente paciente. A mamá nunca le gustó el crecimiento desmesurado de la biblioteca, pero aceptaba su necesidad. Solo trazó la línea divisoria en el dormitorio (Papá no convirtió en estantes para libros ni su closet ni su mesa de noche).


Mi padre lamentaba que ministros inteligentes dejaran de aprender después de la Universidad y el Seminario. Les animaba a dedicar tiempo cada semana a su propia auto-educación. Los libros son necesarios para tal educación. La regia mente de mi padre era una bendición dada por Dios. Su desarrollo requirió libros y disciplina.


Aunque mi padre ya se ha ido a recibir su recompensa, los libros continúan en su biblioteca. Con mucho esfuerzo he reacomodado todos los libros (apenas) de su casa. Mi esperanza es que lleguen a estar, algún día, en una biblioteca de Calcedonia de primera clase, disponibles para muchos eruditos Cristianos en los años por venir. Después de todo, eran el tesoro terrenal de mi padre.