Obediencia y Santificación1

Por Rev. Mark R. Rushdoony

"Haced morir, pues, en vuestros miembros lo terrenal…" (Col. 3:5a)

Cuando rechazamos la piedad subjetiva como un standard de justicia a favor de la obediencia a la Palabra de Dios debemos ser cuidadosos de que nuestro concepto de obediencia no sea un legalismo frío. La Escritura nos demanda obediencia como sumisión humildad a la Palabra revelada de Dios. Pero cuando nuestra "obediencia" es una sumisión técnica con el objetivo de satisfacer meras reglas entonces se vuelve Fariseísmo.

Nuestra obediencia a Dios debe enfocarse en nuestra sumisión a Él como Creador y Señor. Nos volvemos legalistas en el momento en que nos interesamos más en la letra de la Ley que en servir a Dios con todo nuestro ser. Ahora, muchos usarán el término legalista para cualquiera que preste la menor atención a la ley de Dios. Pero esto es obviamente antinomianismo. Me refiero más bien a aquellos que puedan sentir que la obediencia técnica es el límite de nuestra sumisión, más bien que el primer paso. Las bendiciones de Dios no son dispensadas a los hombres de manera general y colectiva solamente, sino también específica e individualmente. Nuestra recompensa eterna también será nuestra individualmente. Si solamente vemos reglas en las Escritura y vamos en pos de la "obediencia técnica" solamente entonces fallamos. Debemos comenzar con la obediencia técnica o específica por medio de nuestra acciones y luego someternos nosotros mismo a la voluntad de Dios expandiendo nuestro servicio para aplicaciones específicas para nosotros mismos, nuestras familias, nuestras Iglesias y nuestras comunidades. Cuando Pablo nos dice que hagamos morir en nuestros miembros lo terrenal, nos está diciendo que nuestra responsabilidad para con Dios incluye una constante conciencia de nuestra propia pecaminosidad. Menospreciar los actos pecaminosos no es suficiente, tampoco lo es la obediencia si su fin es hacer solamente lo suficiente para agradar a Dios. Mortificar nuestros miembros es buscar el que nuestras inclinaciones pecaminosas mueran. No debemos ver solamente al "mundo" sino a nosotros mismos como llenos de la iniquidad en que una vez vivimos (v. 7). Debemos entender que toda nuestra naturaleza está afectada por el pecado mientras estemos en esta tierra. Sabemos que no fuimos justificados (declarado justos) por Dios por causa de lo que éramos, somos, hicimos o haremos. Fuimos y somos aceptos por Dios solamente por causa de quién es Cristo Jesús y por lo que Él hizo.

El recordar que solamente somos justificados por gracia nos recuerda que necesitamos la gracia de Dios para santificarnos a través de Su Palabra y de la obra de Su Espíritu en nuestras vidas. Debido a la gracia de Dios que nos santifica debemos vernos a nosotros mismos realísticamente. Si entendemos nuestra naturaleza pecaminosa no pensaremos de nuestra sujeción a Dios como algo limitado a la Ley, sino más bien como algo que comienza con ella.

Esta mismo tendencia de vernos a nosotros mismos como mejores de lo que somos nos dirige al antinomianismo pietista ("Mi visión subjetiva de lo que es santidad, complacerá a Dios") y al Fariseísmo ("Puedo ser más santo de lo que Dios quiere que sea"). Ambos fallan en reconocer la depravación en uno. Pablo añade que "habiéndoos despojado del viejo hombre con sus prácticas, y revestido del nuevo".Calvino dijo que una definición de regeneración podría ser tomada de este versículo. Así como el viejo hombre es reconocido por sus hechos, así debemos reconocer el viejo hombre en nosotros. Le vemos cada vez que pensamos que somos tan buenos como debiéramos ser. Pablo nos dice también que el nuevo hombre "conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno" (v.10). Esto es santificación (el aprender a reconocer el pecado y a vivir correctamente).

Dios no solamente creó parte de nosotros, y Él no renueva solamente parte de nosotros. La obediencia legalista clama que los asuntos externos son la esencia de la santificación. Pablo aclara que la esencia no son las externalidades tales como raza (Griego o Judío), la circuncisión o el status social (esclavo o libre), "sino que Cristo es todo, y en todos" (v. 11). Pablo después les dice a los nuevos hombres "Vestíos, pues, como escogidos de Dios santos y amados, de entrañable misericordia"(v. 12). Nos colocamos las virtudes Cristianas para hacerlas parte de nosotros mismos no como algo externo sino interno ("entrañable"). Esto no es un mero asunto de obediencia; significa que la misericordia debe ser parte de nuestra vida. Esto involucra, entre otras cosas, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la benignidad (v.12), el perdón (v. 13), el amor (v. 14) la acción de gracias (v. 15) y la exhortación (v. 16). Nos vestimos de estas virtudes "como los elegidos de Dios", los "puestos aparte", los escogidos de Dios. El propósito de Dios para sus elegidos es que seamos regenerados, hechos nuevos hombres, una nueva criatura en Cristo Jesús quien pueda reflejar la misericordia de Dios a otros. En un sentido los pietistas están en lo cierto; la obediencia no es suficiente. Pero están equivocados al no reconocer la obediencia como el principio de nuestra santificación. Las leyes de Dios envuelven principios generales (mandamientos) y estipulaciones como aplicaciones específicas del principio. Así los mandamientos nos mandan a no robar y una aplicación específica es no retener el salario de un trabajador (Levítico 19:13). Pero ninguno de estos, ni todas los otros preceptos específicos pueden cubrir todos los posibles medios de hurto.

El mortificar nuestros miembros significa reconocer que excepto por la gracia de Dios y por Su Espíritu en nuestras vidas nuestro viejo hombre, habituado al hurto, puede sacar mucho provecho de nosotros. Es mejor que activamente busquemos cómo poder ser honestos y justos en nuestros tratos con los empleados y con todo los demás. Comenzamos con obediencia a los preceptos específicos y buscamos aplicarlos a nuestra propia experiencia. Sabemos que hay varios preceptos específicos con los cuales no es fácil bregar, y nosotros no queremos tampoco simplísticamente interpretarlos. Somos tontos si pensamos en las leyes de Dios tan simplísticamente como para reducirlas a meras externalidades. Comenzamos con obediencia. Esto no enseña la diferencia entre nuestra naturaleza y la santidad de Dios. Cuando vemos virtud en la Ley más bien que reglas, entonces comenzaremos a escribir esas leyes en la tablas de nuestro corazón. La obediencia de la Ley Bíblica no es la meta de la reedificación cristiana; más bien es el punto de partida.

_________________________________

1Tomado de Chalcedon Report, N° 380, Marzo 1997