La Condición de Profeta del Creyente

Por Don Walker


Abril 2, 2002


Con la Reforma Protestante llegó a reconocerse el concepto del sacerdocio del creyente. Esto era en realidad simplemente la restauración de una verdad Bíblica que había estado perdida para la Iglesia a lo largo de los años. Pedro, escribiendo a un grupo de Cristianos del primer siglo, declaró: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).


Quiero hablar sobre lo que creo es una verdad igualmente válida que necesita ser restaurada: la condición de profeta del creyente. Creo que esta es el cumplimiento de la petición de Moisés, “Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos” (Núm. 11:29). En este estudio es mi intención mostrar que en el Nuevo Testamento Dios le ha otorgado a todo Su pueblo el privilegio del status profético (Joel 2:28-32; Hch. 2:16-18). Esto no quiere decir que todos los creyentes estén colocados e investidos en “el oficio de profeta” (Efesios 4:11). Pero sí quiere decir que todos los creyentes han de ser “proféticos.”


¿Qué hay de especial con respecto a ser un profeta? En su estudio de los profetas el erudito Judío Abraham Heschel lo dice de esta manera: “El profeta afirma ser mucho más que un mensajero. Es una persona que permanece en la presencia de Dios (Jer. 15:19), quien ‘habita en el secreto de Jehová’ (Jer. 28:18), quien es un participante, digámoslo así, en el consejo de Dios, no un portador de despachos cuya función está limitada a ser enviado a dejar recados. Él es un consejero lo mismo que un mensajero.”


Ese es precisamente el propósito del rol profético. El profeta no es solo un muchacho mensajero. Como el profeta Abraham (Gén. 20:7), es amigo de Dios (Santiago 2:23). Es confidente de Dios con privilegios especiales como los tenía Moisés (Éxodo 33:11). Tiene conocimiento de los secretos de Dios (Amós 3:7). No recibe meramente órdenes de Dios; en realidad conferencia con Él, ofreciendo consejo y orientación, incluso a veces (con la reverencia adecuada) argumentando con Él, buscando cambiar su parecer – y en ocasiones lográndolo (Gén. 18:22-33; Éxodo 32:7-14; Núm. 16:20-24; Amós 7:1-6). La Biblia muestra que todo esto ocurre sin violación de la soberanía de Dios. En el Antiguo Testamento un profeta era miembro del “concilio” celestial (1 Reyes 22:19; Isa. 6; Eze. 1). Dios traía al profeta a Su “oficina oval,” como un “co-laborador” en la administración del pacto. Esto significa algo de gran trascendencia: la actividad característica del profeta es la intercesión. Pero este privilegio profético de la intercesión estaba limitado a unos pocos selectos en el Antiguo Testamento. Nadie podía decidir ser un profeta. Los profetas eran una elite, un grupo de exclusivo, escogido por Dios.


En el Nuevo Pacto, Cristo se refiere a Su pueblo como la “ekklesia” (Mat. 16:19; 18:17). La palabra ekklesia, que se traduce como iglesia o asamblea en la Biblia en Inglés, era un término político Griego que denotaba a aquellos de entre los ciudadanos que eran “llamados para gobernar.” Era la ekklesia quien tomaba las decisiones políticas y jurídicas fundamentales. Nosotros, como creyentes, somos “llamados para gobernar” con Cristo (Rom. 5:17). Como los profetas del Antiguo Testamento, quienes eran traídos a Su “oficina Oval,” a nosotros, como la ekklesia de Dios, se nos ha conferido ese privilegio. ¿No es esto lo que Pablo quiere decir en Efesios 2:6 cuando declara que “nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús?” Es en los “lugares celestiales” donde se toman las decisiones. Lo que bajo el Antiguo Pacto estaba limitado a unos pocos elegidos, ahora, bajo el Nuevo Pacto, ha sido puesto a disposición de todos nosotros. Estamos “sentados en la oficina Oval.” Desdichadamente, algunos de nosotros hemos dejado vacantes nuestros puestos.


En su estudio de “El Don de Profecía y la Iglesia Profética” (Toronto: Instituto de Estudios Cristianos, 1984), George Vandervelde declara: “Todos los creyentes se encuentran en la posición de profetas, pues son participantes y agentes del secreto público de la salvación decisiva y total en el Cristo crucificado, pero viviente, ahora manifiesta por medio del Espíritu... Ellos saben que la restauración de la nueva creación que experimentan en Cristo es el principio de la reconciliación de todas las cosas, el principio de la restauración de toda la creación como el teatro de la gloria de Dios. Son amigos de Dios porque saben lo que el Padre está haciendo (Juan 15:14). Son llamados a ser agentes de esa restauración. Cada vez que hablan como agentes de la restauración son profetas del Altísimo. En Cristo ellos conocen el principio y la consumación, la profundidad radical y el ámbito asombroso de la salvación. Por tanto, todos los Cristianos son llamados a un ministerio profético que es la envidia de los profetas del Antiguo Testamento (1 Pedro 1:10-12).”


“En otras palabras, el concilio celestial de Dios del que los profetas participaban y que era momentáneamente convocado en la tierra con el propósito de incluir a Abraham en los planes de Dios con respecto a una ciudad individual, ahora ha venido a la tierra y abarca a la tierra en el Hijo. Él ha dado a conocer a Dios y Sus planes. Por medio del Espíritu todo creyente es llevado al lugar de confianza de Dios. Los planes básicos de Dios con respecto al mundo y Sus medios para cumplir aquellos planes son revelados en Cristo por medio del Espíritu. Somos ‘amigos de Cristo’ mucho más privilegiados de lo que lo fue Abraham, pues sabemos lo que el Padre está haciendo.”


Todo esto tiene tremendas implicaciones en cuanto a nuestra vida de oración. Somos “profetas,” lo mismo que sacerdotes. Sí, esto significa que hemos de hablar la Palabra de Dios a nuestra cultura; pero mi punto aquí es que somos privilegiados al orar. La oración no es un ejercicio religioso. Es una “reunión conciliar” entre el Rey Jesús y Sus amigos más cercanos. El Gobernante de toda la creación nos ha invitado a participar con Él en Su gobierno. Sin duda debemos recordar que Dios es siempre Dios, el Señor Soberano, y nos acercamos a Él solo por Su gracia en Cristo; pero hemos de venir confiadamente (Heb. 4:16). Él no tiene que seguir nuestro “consejo,” pero Jesús ha prometido que Él lo hará a menudo (Juan 14:13-14). De hecho, debiésemos esperar respuestas afirmativas a nuestras oraciones (Mat. 7:7-11; Luc. 11:9-13). Se nos dice que nos mantengamos pidiendo hasta que obtengamos respuestas (Luc. 11:5-8; 18:1-8). Se nos dice que cuando los consejeros de Dios se ponen juntos de acuerdo, su “influencia” sobre Sus decisiones se eleva exponencialmente (Mat. 18:19-20). Se nos dice que no tenemos porque no pedimos (Santiago 4:2). Hemos de dedicarnos, como creyentes, a nuestro ministerio profético.


Recuerde, cuando usted ora está formando parte de un evento histórico: pues las oraciones de la ekklesia dan forma al futuro del mundo (Apoc. 8:3-5). Tomemos nuestro sitio en la “oficina Oval.”



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