Contra Mundum

No. 11, Primavera 1994


Contra la Libertad Académica


Por T. E. Wilder


Copyright © 1994 Contramundum

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El título “Contra la Libertad Académica” no está dirigido contra el artículo del Sr. Nymeyer en las páginas precedentes. Escribo, sin embargo, a la luz de asuntos suscitados en su artículo. Además, los cambios en los casi cuarenta años que han pasado – tanto el nuevo pensamiento crítico sobre la teoría de la ciencia y la investigación y el desarrollo dentro de las instituciones educacionales y en la sociedad de las implicaciones de los principios humanistas – han hecho imposible defender seriamente algunas de las perspectivas de investigación que Mr. Nymeyer tomó como no solamente no-controversiales sino obvias. En consecuencia, creo que su argumento contra la libertad académica debe ser llevado mucho más delante de lo que miró necesario hacerlo.


Lo que valoro especialmente valioso en el artículo precedente es su clara dilucidación de una posición. Es una base excelente para mayor pensamiento y discusión acerca de la libertad académica.


Pero primero, una digresión histórica arrojará luz desde otro ángulo sobre el tema. Universidad es un término medieval para referirse a una unión. La universidad, como tal, surgió de la necesidad de colocar la educación profesional sobre una razonable base organizacional y especialmente económica. Había dos clases de universidades. La universidad de los estudiantes era una unión de estudiantes que se agrupaban en una asociación para contratar maestros. Una universidad de maestros era una unión de profesores quienes organizaban una asociación para ofrecer servicios de enseñanza. Ambas requerían normas, gobierno, etc., pero las reglas tendían a ser diferentes. Por ejemplo, una universidad de estudiantes podría tener una regla declarando que cuando la campana repicara para terminar las clases, el maestro podía finalizar su oración, pero si hablaba más debía pagar una multa.


Las universidades llegaron a existir porque fueron posibles las carreras lucrativas para empleados entrenados, tanto en la iglesia como en el estado, para el servicio de cardenales, papas, reyes y poderosos individuos similares. El talento podía elevarse muy alto. Una carrera exitosa significaba encontrar buenos beneficios para sobrinos y otros parientes. Por tanto, las familias estaban dispuestas a sufragar cuentas sustanciales de educación para los jóvenes talentosos. La ley, la teología y la medicina eran las principales profesiones para las cuales las universidades proveían entrenamiento.


Con el desarrollo de las universidades vino el desarrollo de estándares de logros certificados por títulos. Los títulos hacían referencia al sistema de la universidad. Un Master podía comenzar a tomar parte en la instrucción de alguna universidad de estudiantes que se hallara en sus inicios. Un Doctor (término Latino para maestro) estaba plenamente calificado para la enseñanza universitaria. La educación universitaria, especialmente en los niveles de Master o Doctoral tenía muchas similitudes con el proceso de ser tomado como aprendiz.


El método de instrucción también es muy significativo porque, pasados los niveles básicos, las universidades descansaban fuertemente en el uso del debate para el entrenamiento de la mente. Un debate requiere dos partes oponiéndose la una a la otra en algún tema.


No le llevó mucho al estado darse cuenta que la educación universitaria confería status y poder, y así, valía la pena controlarla y explotarla. De esta forma, las licencias por parte del estado y la supervisión de las universidades comenzaron bien temprano.


Finalmente, toda este desarrollo tomó lugar en una sociedad pactada. Nadie era libre de sostener, mucho menos enseñar, todos los modos de opiniones. Las ideas incompatibles con la base religiosa del orden social, y aún más, los ataques contra esa base, i.e. la doctrina Cristiana, no eran toleradas. (Si Ud. se pregunta de dónde obtuvieron esta idea lea Deuteronomio 13.)1


Ahora, algo era claramente valioso, tanto para los individuos como para las instituciones gobernantes, a medida que la educación universitaria levantó preguntas de estándares y controles, y la autoridad y poder para imponer las sanciones por las cuales estos podían ser mantenidas. Donde hay autoridad y poder regulando alguna actividad, especialmente una en la que la controversia (el debate sobre ideas) está cerca del corazón, está pronto a surgir el problema de la libertad.


La libertad académica puede ser entendida de dos maneras. Uno, y para mi opinión el más importante hasta aquí, es la cuestión de la libertad de la academia. ¿Por qué derecho puede una academia ser establecida, ofrecer instrucción, otorgar títulos, disciplinar a sus miembros y manejar – de otra manera – su negocio? ¿Qué la protege de la interferencia externa? Hay poca libertad académica hoy en este sentido del término, y menos considerando todo el tiempo. Las universidades son acreditadas, inspeccionadas y reguladas en tanto que esté funcionando su otorgamiento de poder por medio de la entrega de títulos. Lo que es más, el nivel de subsidio estatal es tan enorme que solamente un número limitado de escuelas, y entonces con extrema dificultad, pueden salir adelante sin aquellos subsidios. Los subsidios llegan con cuerdas reguladoras adjuntas. Innumerables leyes estatales y federales y regulaciones que gobiernan las prácticas de contratación y la limitada libertad de asociación también penden sobre las universidades. Existe también una constante amenaza de que algún pleito legal le de a las cortes un pretexto para interferir en la dirección de la escuela.


La otra idea de libertad académica es la libertad, no de la academia, sino de cada persona en ella para enseñar, publicar o de otra manera comportarse en cualquier forma que no esté en flagrante violación de los estatutos de delitos mayores. Con un campo de juego allanado (no subsidio estatal para la competencia) y la libertad para establecer universidades sobre principios escogidos por los fundadores y directores – esto es, la libertad académica de las academias – hay poca necesidad de la libertad económica para los individuos. Si a una facultad disgustada o cuerpo de estudiantes no les gustan los estándares de una escuela ellos pueden comenzar la suya propia y dirigirla de acuerdo a sus propias nociones.


Hasta aquí hemos visto la educación desde el punto de vista de la economía, y de la libertad de asociación para organizar empresas que ofrecen servicios de valor económico. Pero debemos considerar una objeción a las opiniones del Sr. Nymeyer basados en un concepto diferente de educación.


En “La Perspectiva Levítica-Medieval-Reformada de la Educación” el Dr. William Blake argumentó a favor de una visión de la educación como un ministerio (ejercida en Israel por los Levitas) y una idea de la instrucción en la cual la libertad del maestro y el estudiante es esencial.2


Los maestros, en la perspectiva del Dr. Blake, han de tener considerable (pero no absoluta) independencia como un cuerpo auto-regulado ejerciendo un ministerio ordenado por Dios. Ellos, a su vez, deben dar una medida de libertad al estudiante; ellos han de fortalecer al estudiante, y colocar las herramientas necesarias en su mano, pero se deben refrenar del adoctrinamiento, pues, en última instancia, el Espíritu Santo es el maestro.


Es interesante que aunque el Sr. Nymeyer argumentó principalmente en términos económicos y libertarios, viendo a los maestros como comerciantes del conocimiento, llegó al límite cuando tocó el tema de la investigación y el pensamiento original. Estas funciones requieren libertad para su existencia. Lo que no es claro a partir de su discusión es qué pretensión tienen los maestros para ser pagados por estas actividades. ¿Por qué debiera yo pagarle a un maestro por pensar? Ellos no me pagan para pensar.


Es aquí también donde debemos romper con el argumento del Sr. Nymeyer, pues él supone que la enseñanza puede hacerse independientemente de la investigación y del pensamiento original; la primera limitada por los deseos de los empleadores y la segunda por la libertad. En su obra La Estructura de las Revoluciones Científicas, Thomas Kuhn ha popularizado la idea de que la investigación y el pensamiento original no son hechos independientemente de algún marco teórico o compromiso fundamental. Este marco o paradigma controla el programa de investigación, pues define qué preguntas pueden ser hechas fructíferamente para expandir el cuerpo de conocimientos definido por el paradigma. Se introducen hipótesis suplementarias para explicar las observaciones que no se ajustan al paradigma. (Piense en el sistema de epiciclos en la astronomía Ptolemaica.) Es extremadamente difícil desafiar o escaparse de un paradigma, y cuando esto ocurre es casi siempre hecho por jóvenes quienes nunca aceptaron totalmente el paradigma con el cual comenzar.


Pocos hoy creerían que un maestro podría entrenar, convincente y lúcidamente, a las mentes jóvenes en un paradigma mientras realiza su pensamiento y su trabajo investigativo en términos de otro paradigma. Pero aún esto minimiza el problema, pues en la universidad Cristiana tenemos en consideración no meramente algún programa investigativo sino un compromiso de corazón. Esperar que una facultad, quienes sean quebrantadores del pacto humanistas en su pensamiento original e investigación, vayan a ser fieles maestros de la verdad pactal en las aulas de clase sobrepasa la credulidad. Solamente tenemos que mirar a casi cualquier así llamada universidad Cristiana para ver una facultad entrenada en el punto de vista y en los valores de la academia pagana quienes, a pesar de firmar declaraciones de fe como fundamento para sus empleos, se esfuerzan por convertir tanto de su enseñanza como sea posible a la base anti-Cristiana de su propio pensamiento. No es simplemente que ellos rehúsen mantener estos dos mundos intelectuales separados en su trabajo. Más bien, sus compromisos básicos inevitablemente tiñen todo su pensamiento.


Relacionado con esto está el rechazo de la distinción hecho/valor sobre el cual el Sr. Nymeyer basó sus recomendaciones para la administración pública del sistema educacional. “Los exámenes del conocimiento factual y formal... podrían ser probados por exámenes públicos. Los valores... que serían enseñados serían todos dejados a los grupos independientes.” ¿Quién hoy piensa que estos pueden ser distinguidos? ¿Cómo pueden ellos ser examinados sin examinar los valores? No interesa el hecho que el estado hoy no tiene interés en la evaluación objetiva del conocimiento factual sino que está interesado con la modificación de la conducta, como está ejemplificado por la manía de la Educación Basada en Resultados. ¿Qué valores determina cuáles hechos serán enseñados (valores que el estado hace cumplir en las escuelas por la inclusión de aquellos hechos en los exámenes estandarizados)?


Creo que debemos ir más allá que el Sr. Nymeyer al decir que no hay espacio para la libertad académica en el sentido individualista en una Escuela Cristiana. En lugar de ello, se debe desarrollar una idea distintivamente Cristiana de libertad en la educación pactal, única para los valores y propósitos de la educación Cristiana.


La implicación adicional de esto es que un esquema general para el sistema escolar que pueda abarcar a todos los padres y escuelas bajo el patrocinio estatal neutral debe ser abandonado como una imposibilidad. Los detallados análisis de programas educativos tales como los planes de bono de impuestos establecerán, pienso, que tienen sentido solo bajo un limitado rango de pluralismo, un rango imprescindible demasiado restrictivo para satisfacer todos los intereses poderosos ahora en escena, a menos que el estado y el público estén dispuestos a darle a cualquiera fondos de impuestos para enseñarles a los niños cualquier cosa (i.e. cualquier cosa desde canto Gregoriano hasta sodomía). CM


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1 Cualquiera que se haya quebrado la cabeza acerca de los extraños y absurdos debates de la edad media, tales como cuántos ángeles pueden bailar sobre la cabeza de un alfiler, solamente necesitan considerar la centralidad del debate en un sistema en el que la herejía era castigada con la muerte. Necesitaban controversias seguras.

2 Contra Mundum, No. 3, (Primavera 1992), pp. 9-15.