El Pensamiento de los Puritanos del Nuevo Mundo
vs. El Impulso Indigenista

La Batalla Histórica por el Alma Americana

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Jeffrey A. Ziegler

En un número previo de El Estadista Cristiano, escribí un artículo advirtiendo de los peligros del nativismo en la esfera político-religiosa. El nativismo es una añoranza primitiva nacionalista que toma un pueblo durante tiempos de gran coerción o desafío. Su visión ilusoria promete un retorno a una era ya ida donde las cosas parecen tranquilas y prósperas, y donde se percibe que la vitalidad nacional ha llegado hasta la cumbre del pináculo del poder. El nativismo descansa fuertemente sobre el simbolismo, la prosa idílica, la retórica, y señala eventos para dirigir un fervor de avivamiento y hacer marchar a un pueblo hacia una meta común. Aunque no es necesaria o inherentemente malo, tal confianza en el subjetivismo o en los eventos históricos tomados fuera de un contexto filosófico subyacente puede dar lugar a grandes peligros nacionales.

Una vez más, recordando mi artículo previo, el impulso indigenista ha sido usado y capitalizado a lo largo de la historia de América. La era Jacksoniana fue una precursora para la mayor extensión de tales filosofías y tácticas en la era posterior a la Guerra Civil, como se evidencia por las acciones y políticas de los presidentes Theodore Roosevelt, John Fitzgerald Kennedy, y Ronald Reagan. Y aunque se pueden señalar algunos aspectos positivos del impulso indigenista, existen ejemplos convincentes de cómo tal pensamiento a menudo da lugar a regímenes totalitarios o teorías político-sociales impías como se ilustra por el socialismo, el fascismo y el comunismo.

El Pensamiento Puritano del Nuevo Mundo

Los Puritanos ofrecieron una perspectiva alternativa a los impulsos indigenistas en lo que los historiadores a menudo han llamado “pensamiento del nuevo mundo.” Los piñones fundamentales culturales de tal pensamiento sostenían que el nuevo hombre, redimido por la obra terminada de Cristo, animado por una escatología optimista post-milenarista, y empujado por el motor ético de causa y efecto, tenía tanto el derecho como la obligación de crear “una Nueva Jerusalén,” “una ciudad brillando sobre un monte,” en tierras Americanas. De allí que, el paradigma Puritano buscara esforzarse, en trabajar con dirección, y dirigir las energías, hacia una nueva nación totalmente pactada con Dios que tomaría su lugar como el punto focal de las empresas misioneras globales. En esta era, la noción de una “nación redentora,” en el sentido de la mancomunidad Hebrea, era un pensamiento muy presente.

Para el Puritano en América, todas las cosas, todas las empresas de la vida, lo mismo que todas las instituciones, se hallaban bajo el ámbito y gobierno del cielo. Por lo tanto, la vida familiar, la vida económica, la vida eclesiástica, la vida política, desde los asuntos más grandes hasta los muy terrenales, todos eran vistos como controlados por la Providencia. A partir de este entendimiento del gobierno de Dios sobre y subsecuentemente a través de Su pueblo, existía un optimismo perenne caracterizado por la creencia de “que sería a un mundo rectificado al que Cristo retornaría.”

Sobre una Nota Personal

El Puritano ha sido muy calumniado y bastante mal interpretado por la moderna cultura Americana. Los retratos de un pueblo severo, frío, sin sentimientos, en guerra contra la felicidad, la dicha, o cualquier otro disfrute de la vida, son estribillos bastante comunes, aunque lejos de la realidad de nuestros bulliciosos, gozosos y delirantes antepasados seguros de sí mismos. Esta noción distorsionada ha sido tenida por cierta tanto dentro como fuera de la iglesia.

Fue el Anglicano C. S. Lewis quien dijo: “Cualquier cosa que los Puritanos hayan sido, ciertamente que no fueron un pueblo desapasionado ni triste, ni sus enemigos presentaron tales cargos contra ellos.” En este contexto, es facilísimo acusar a nuestros enemigos ideológicos por echar a andar grandes conspiraciones revisionistas para ridiculizar nuestra herencia Puritana para encubrir su agenda humanista y licenciosa. Sin embargo, aunque los textos de historia, los medios de comunicación liberales, y el resto de los elitistas – quienes piensan en el hombre como dios – ciertamente han sido efectivos en la difamación de nuestra Fe, es el enemigo pietista dentro de la iglesia quien es, con mucho, el peligro más grande.

Son tantos de los que afirman ser Reformados (e incluso más dentro de los círculos Evangélicos Fundamentalistas Carismáticos) y anhelan ser descritos como “agrios, pesimistas y severos,” mientras se arrastran en un pietismo auto-centrado, en una “moralidad” extra-Bíblica y en legalismos subjetivos. Sin embargo, ¿qué si fuéramos conocidos por nuestros enemigos, no por nuestra restrictiva religión inmadura, sino, en lugar de ello, como aquel pueblo viviendo la vida en toda su plenitud y de la manera más entusiasta (Ecl. 8:15)? Más que probable que seríamos calumniados, como lo fue nuestro Señor, por ser glotones, bebedores de vino y amigos de los pecadores.

¡Los Puritanos atacaban la vida con un entusiasmo santo! Esto no era el fanatismo herético de un avivamiento de Finney, sino el impacto dinámico de la inesperada liberación salvífica y el gozo vinculados a la más íntima experiencia de justificación en Cristo. Las parábolas del “reino” proclaman el encuentro de un tesoro escondido y de bellas perlas (Mat. 13:44-45), y continúan para revelar el gozo abrumador que acompaña a la entrada en el reino de Cristo. Lo mismo es revelado en las parábolas de la oveja y de la dracma perdidas. Y el padre del hijo pródigo estaba tan lleno de alegría con el regreso de su hijo que dio una fiesta con comida, bebida y danza (Lucas 15:4-11).

El reino es comparado a una inmensa fiesta de bodas para el hijo de un rey. Cuando aquellos invitados por el rey rehúsan venir, él dirige a sus sirvientes a ir por los caminos de la ciudad y que traigan al “pobre, al lisiado al cojo y al ciego” (Lucas 14:21). Cuando esto es combinado con misión cambiadora del mundo de Cristo – “Él me ha enviado para sanar al quebrantado de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y para que los ciegos recobren la vista, para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año aceptable del Señor” – tenemos una estratagema que anuncia a nuestra Fe en una forma audaz, confiada e indómita. El pietista no puede hacer esto, porque su fe está marginada y convertida en un ghetto por un ascetismo monástico dualista y una justicia de obras. La miseria es equivalente a devoción en estos círculos, y es el opuesto exacto de la esperanza Puritana que una vez caracterizó la exuberante cosmovisión de nuestra nación.

El Optimista Americano

El Puritano creía en el poder dinámico de la soteriología de la Reforma. También sostenía a Cristo como el originador y transformador de la cultura, y unía a esto a una visión de tiempo presente de la expansión del reino. Más importante, cultivaban una vida de oración, estudio devocional y el deseo de experimentar aquello que habían creído con una felicidad embriagante. Estas cosas dieron origen a un optimismo característicamente Americano.

Este sentido de aventura, aplomo, y de entusiasta confianza en un futuro más próspero hizo del experimento Americano algo único entre las naciones, y todo esto se desarrolló antes de 1776 y de la Revolución. De hecho, el espíritu del Puritanismo Americano estaba tan confiado en la superioridad de las verdades que sostenían y en la noción de que lo que se realizaba en estas tierras era auténticamente nuevo, que se sintieron libres para tomar prestado lo mejor de otras culturas y eras, y de santificarlo e incorporarlo a la realidad de “su nueva Jerusalén”.

Por ejemplo, además del robusto entrenamiento en teología, los hijos de los Puritanos Americanos también eran bien versados en literatura clásica que no era necesariamente Puritana (tal como Shakespeare), donde en la literatura había un énfasis global en los hechos heroicos y en la caballerosidad. Para estos niños, Henry V y el conmovedor discurso del Día de San Crispian eran un estribillo tan común como cualquier cosa que John Owen o Thomas Manton hubiesen escrito. En arquitectura, combinaciones únicas de influencias Griegas y Romanas, junto con innovadores diseños de Inglaterra, conformaban la singular arquitectura de la Nueva Inglaterra. El énfasis en la educación, especialmente en los esfuerzos de enseñanza superior, llevaron a la formación de prestigiosas escuelas tales como Harvard. Abundan más ejemplos, pero baste con decir que el nuevo hombre en Cristo estaba verdaderamente edificando una nueva nación con nuevo material, bajo un diseño celestial, con la meta de transformar el mundo en rectitud.

Impacto

La era Puritana llevó a un avivamiento tanto del rol profético (aplicación contemporánea de la ley bíblica) como del rol Levítico (de instrucción) de la iglesia. Como un ejemplo de la voz profética, uno no necesita ver más allá de Juan Knox y su impacto sobre la Escocia del siglo dieciséis. Knox, el fundador del Presbiterianismo, insistía en que si las circunstancias eran apropiadas, los Cristianos tenían tanto el derecho como la obligación de sublevarse contra un monarca malvado y tiránico. Previamente, con la atrincherada doctrina idolátrica del “Derecho Divino de los Reyes”, la idea de sublevación era considerada pecado. La noción política de resistencia de Knox se relacionaba con su creencia en la resistencia corporativa al pecado. Knox, con un firme entendimiento de la soberanía de Dios, argumentaba que una nación, debido a la obligación pactal de vivir de acuerdo a la ley de Dios, incurría en culpa corporativa al tolerar el mal en el ámbito civil.

Las lecciones proféticas de Knox y del Presbiterianismo Escocés no se perdieron en las futuras generaciones. De hecho, tal fue la fuerza y vitalidad de esta ardiente rama del Calvinismo sobre las colonias Americanas, que su lucha por la independencia era vista en Inglaterra como “La Sublevación Presbiteriana.”

Así como el Calvinismo forjó el filo profético para la iglesia, así también, el rol Levítico de instrucción de la iglesia fue sacado a la luz pública en este tiempo. Sea que el Calvinismo tomara la forma de Congregacionalismo, Prebiterianismo o Puritanismo dentro de la Iglesia Anglicana, allí existía un fuerte énfasis en la doctrina y la enseñanza de la iglesia. Antes de la Reforma, el rol del clero estaba centrado en la liturgia y los sacramentos y no en la predicación. ¡No así con el Calvinismo! Como un ejemplo, durante el período colonial en la Nueva Inglaterra Puritana, los pastores Calvinistas predicaron aproximadamente 8 millones de sermones, cada uno promediando una hora y media de extensión. El asistente promedio a la antigua iglesia colonial, de unos setenta años, había escuchado hasta 7,000 sermones, o 10,000 horas de aprendizaje concentrado.

Ahora, con las doctrinas anti-tiránicas, amantes de la libertad, que buscaban la honra de Dios, que eran tan penetrantes en las colonias Americanas combinadas con la experiencia Puritana de amor por la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, llegó la fórmula incendiaria para 1776. Recuerde, el agricultor promedio de Nueva Inglaterra no se dirigía al campo en Lexington o en Concordia por causa de creencias filosóficas esotéricas, o para debates teológicos pesados y moribundos. En lugar de ello, debido a que había experimentado los prósperos resultados de la libertad y el embriagante elixir de la búsqueda de la felicidad, verdaderamente creía que el Rey Jorge III era el Anticristo Bíblico empeñado en destruir la realidad de la “nueva Jerusalén”; de esta forma, resistiría al rey inclusive hasta la muerte. La visión Puritana del nuevo mundo era intensamente personal, y era solamente esta fe personal y experimental, enraizada en la verdad inmutable, la que podía impulsar tales acciones sin precedentes por parte de hombres comunes en contra de un enemigo más poderoso. Debemos asegurarnos de que el renacimiento Puritano de nuestra día no sea un mero ejercicio teórico, sino un encuentro real y viviente con el único Dios verdadero que hará que hablemos una vez más como un pueblo, bajo Dios, las palabras de Patrick Henry, “dadme la libertad o dadme la muerte.”

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El Rev. Jeffrey A. Ziegler, presidente de la National Reform Association, es también fundador y presidente de Esfuerzos Cristianos y del Instituto Bíblico Reforma, y moderador de la Asociación de las Iglesias Libres Reformadas. Ha dado conferencias en más de 600 iglesias y otras conferencias ministeriales en Norte América, Gran Bretaña y Alemania. Jeff es también presidente de El Grupo Continental, un semillero de erudición y preparación para el activismo político. Sus escritos han aparecido en El Estadista Cristiano, el Reporte Calcedonia y en el libro Política Cristiana Explícita. Puede ser contactado en el 35155 Beachpark Drive, Eastlake, Ohio 44095. E-mail:
ceejz@ncweb.com.

Este artículo apareció publicado en la revista El Estadista Cristiano, Volumen 144, No. 4, Julio – Agosto 2,001.

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